Jordania – Wadi Rum

Uno de los parajes más fascinantes de Jordania, Wadi Rum. Ya sea por unas horas o dedicándole más tiempo si ello es posible, la experiencia del desierto es obligatoria en cualquier ruta por el país.

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Wadi Rum se encuentra aproximadamente a una hora de coche de Petra, dirección sureste. Existe un autobús que, muy temprano por la mañana, hace este recorrido, pero por desconocimiento reservamos un taxi a través de la empresa con la que hicimos la visita al desierto, Jordan Tracks. Wadi Rum es un área protegida y no se puede acceder a ella libremente, por lo que hay que contratar los servicios con alguna de las muchísimas empresas que se dedican a esto. Nosotros elegimos Jordan Tracks por las buenas referencias que tenía en un blog, pero si algo no falta en este bonito rincón del mundo son agencias que organizan excursiones, de hecho se diría que la práctica totalidad del pueblo beduino de Wadi Rum se dedica al turismo. Además, casi todas tienen ofertas similares a precios muy parecidos, por lo que no ha de resultar un problema encontrar quien nos lleve a hacer la ruta del desierto.

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Nuestro todoterreno

Teníamos claro desde un principio que queríamos dormir en el desierto, sacrificando otras visitas si fuera necesario. Por suerte, el planning cuadró perfectamente y estuvimos un día con su noche en uno de los lugares más fascinantes que mis ojos hayan visto.

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El desierto

La excursión comienza tempranito, sobre las 9 de la mañana ya estábamos montados en el 4×4 más viejo de todo el parque automovilístico jordano que contrastaba con el jovencísimo guía que nos adjudicaron, quien nos iba a acompañar durante el resto del día que pasamos en el desierto, parándonos en diferentes puntos de los que sólo puedo recordar, vagamente, el nombre de algunos de ellos.

Para empezar un precioso bebé camello de apenas dos días nos dio la bienvenida junto a su mamá, quizás estaba esperándonos porque tras posar para que le hiciera unas cuantas fotos se fue a conocer desierto tras sus progenitores.

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Bebé camello y su mamá

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El bebé

Tras saludar a los camellitos nos acercamos a ver unas inscripciones nabateas.

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Inscripciones

Acto seguido nos dirigimos hacia una duna de color rojo intenso. Subir resultó un poco farragoso pero en cambio bajamos en un periquete casi rodando por la arena, que es la gracia del asunto además de las espectaculares vistas que en ese momento empezamos a vislumbrar y que nos irían resultando cada vez más familiares.

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Duna

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Desde la duna

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Desde la duna

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Desde la duna

En la siguiente parada nos adentramos en un estrechísimo cañón sin salida, o al menos ésta no era visible. Justo en la entrada otro camello, éste más maduro que el anterior, nos saludó muy amigablemente.

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Simpático camello

También aquí hay unas inscripciones, no sé si nabateas, pero siendo maliciosos más bien parecen grabados hechos por los niños beduinos.

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Inscripciones

Pasar por las rocas resultó complicado pero fue un paseo corto porque enseguida nos encontramos en un callejón sin salida.

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Cañón

Tras semejante “paliza” de diez minutos andando lo suyo era tomarse un respiro en una tienda beduina donde nos esperaba nuestro guía tomándose un té, la bebida más popular de Jordania que se consume en cantidades industriales a cualquier hora del día. Declinamos el que por supuesto nos ofrecieron pero durante un rato nos sentimos un poco beduinos sentados en esos bancos corridos de cemento, que están cubiertos por unos pocos cojines, mientras disfrutábamos del fresquito de la sombra. Hasta nos dio algo de pereza salir otra vez a seguir la ruta bajo el implacable sol del desierto, aunque en realidad no fue un día especialmente caluroso para estar donde estábamos.

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Desde la tienda

Ahora tocaba subir hasta un pequeño arco natural de piedra desde el que también las vistas eran espectaculares.

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Arco

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Desde arriba

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Desde arriba

Por supuesto, no podía faltar la visita a lo que en tiempos fue la casa de Lawrence de Arabia, el británico que quedó tan fascinado por el desierto que no sólo vivió aquí sino que fue partícipe de la revuelta árabe para conseguir la independencia. De esta gloriosa época únicamente se mantiene en pie una pared que no tiene demasiado interés salvo si se sube a ella para seguir disfrutando del panorama.

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Las ruinas de la casa

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Tienda beduina

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El desierto

Aunque parezca mentira, ya se acercaba la hora de comer, y buscando un lugar idóneo para aposentarnos pasamos al lado de un curioso champiñón bajo cuya sombra un grupo de viajeros había montado su propio restaurante ambulante.

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Champiñón

A pocos metros de la roca-seta, bajo una buena sombra nuestro guía sacó los bártulos y encendió un fuego para preparar una típica comida beduina que degustamos tumbados en la arena del desierto, y tras la cual no podía faltar la correspondiente siesta. Continuamos la ruta y llegamos hasta otro cañón, éste sí con salida, y el guía nos invitó a atravesarlo mientras nos esperaba al otro lado. Solos en el desierto y bajo un sol de justicia, emprendimos la marcha sin más compañía que una botella de agua medio llena y la cámara de fotos, esperando que el camino no fuera especialmente complicado.

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Solos en el desierto

Aunque había algún tramo por el que tuvimos que trepar por las rocas, conseguimos llegar hasta el final sanos y salvos.

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Inicio del camino

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Efectos de la erosión

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Trepando

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La salida

Aprovechamos otra duna para dejar nuestra impronta en la arena del desierto.

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Arena

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Huellas

Dejamos atrás la soledad del desierto para llegar hasta un lugar bastante concurrido: otro arco natural mucho más grande que el visitado por la mañana y con un montón de gente escalando por él. Si subirlo fue complicadillo, bajar lo fue aún más y lo mío me costó, porque había tramos que eran casi verticales.

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Gran arco

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Subiendo al arco

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Jugando con la luna

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Guías esperando

A lo tonto se iba acabando el día y nuestro guía nos propuso ir a ver la puesta de sol desde el lugar más bonito del desierto. Ante semejante afirmación imaginé un mirador en el que estaríamos como sardinas en lata, pero resultó ser un solitario rincón sin alma viviente alrededor. Supongo que todos los guías deben decir lo mismo a sus pasajeros y los van repartiendo por diferentes puntos para evitar abarrotamientos, al fin y al cabo el espectáculo es fantástico lo mires desde donde lo mires y se disfruta más en silencio. Así, en lo alto de otra duna, estuvimos un buen rato sentados al borde del barranco contemplando el paisaje y al sol acabando su tarea diaria.

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En lo alto de la duna

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Empieza el espectáculo

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Sigue

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Fin

Era hora ya de retirarse hacia el campamento, donde nos esperaba nuestra tienda y, poco después, una típica cena beduina cocinada a la antigua usanza, es decir enterrada en la arena durante horas. Una delicia que comí con las manos como se usa por allí, sistema que había aprendido el día anterior y que ya no abandoné en lo que quedó de viaje.

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La tienda por dentro

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El campamento

La noche estaba espléndida con una inmensa luna casi llena que nos hizo de anfitriona pero nos impidió ver el resto de estrellas. Magnífico en cualquier caso.

A la mañana siguiente había que madrugar para irnos corriendo hacia el pueblo donde nos esperaba el taxi que nos llevaría hasta Aqaba y el Mar Rojo . El desayuno también estaba incluido y recuerdo especialmente el yogur casero, el mejor de toda mi vida, hecho si no me equivoco con leche de cabra porque vacas por allí no vi ninguna. En cualquier caso, inolvidable.

Ésta fue la ruta que completamos en un día. Explicada casi parece pobre, además las distancias entre los puntos visitados tampoco eran abrumadoras, pero es que en el desierto el tiempo pasa a otro ritmo, no hay prisas, todo se hace pausadamente… es otro mundo y otra forma de vivir que no se parece en nada a la nuestra y que precisamente por eso resulta tan fascinante.  Después de todo, para disfrutar al máximo de la experiencia es imprescindible olvidarse del reloj y dejar que el tiempo vaya fluyendo.

Por otro lado, desde un punto de vista práctico debo decir que fue casi un día de relax para nosotros porque fuimos todo el tiempo en coche, las pocas rutas a pie eran aptas para un niño de dos años y, por si fuera poco, éstas estaban espaciadísimas en el tiempo, con lo cual más descansados no podíamos estar. Nos convenían estas horas de tranquilidad después del tute del día anterior en Petra.

Como se ha visto en las fotos, Wadi Rum no es un desierto al uso, es decir esas inacabables extensiones de arena que nos vienen a la mente cuando pensamos en un lugar así. Aquí el paisaje lunar, como algunos lo han descrito, está repleto de colinas y elevaciones de arenisca de increíbles formas y con unas tonalidades fuera de lo común. Para mí, que no he estado en ningún otro desierto, representó un hito en este viaje y uno de los lugares más fascinantes que he visitado, por lo que se ha vuelto para mí en un imprescindible que no puedo sino recomendar en cualquier viaje por Jordania.

Enlaces:

Turismo de Jordania

Jordan Tracks

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2 comentarios en “Jordania – Wadi Rum

  1. Pingback: Jordania – Mar Rojo | impresionesviajeras

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