París – Versalles

El complejo palaciego de Versalles, a las afueras de París, no necesita de más presentación y hacer una visita es totalmente aconsejable si se quiere contemplar el lujo y la suntuosidad en la que vivían sus reales habitantes.

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Sede de la monarquía o, lo que era lo mismo, del gobierno de Francia hasta la revolución, por las estancias versallescas pasaron diferentes Luises que embellecieron y ampliaron hasta el paroxismo lo que en un principio no era más que un modesto pabellón de caza y que actualmente es Patrimonio de la Humanidad.

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El Palacio desde los jardines

No hay nada más fácil que llegar hasta Versalles desde París: el tren RER C pasa cada quince minutos y tarda poco más de media hora desde Nôtre Dame en llegar a la estación de “Versailles Château-Rive Gauche”, que está a apenas cinco minutos de la entrada del palacio. Los pases y abonos de transporte no sirven para este trayecto, por lo que hay que comprar un billete aparte, y es muy recomendable cogerlo de ida y vuelta si se tiene la intención de pasar todo el día, evitando así la cola que se forma en la taquilla de la estación de Versalles a la hora en que cierra el palacio.

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Al lado de la estación de Versalles

Saliendo de la estación, tiramos a mano derecha, o sea siguiendo al río de gente que se dirigía al mismo lugar que nosotros. Este día no nos pareció necesario madrugar más de la cuenta porque Versalles está incluido en los monumentos de acceso preferente de la Paris Museum Pass, pero la desagradable sorpresa vino cuando nos hicieron poner al final de una larguísima fila que daba cinco vueltas al patio de entrada y que tardó una hora en llegar hasta la puerta. Al final el pase sirve para ahorrarse la cola de la taquilla, en la cual dicho sea de paso no había casi nadie, pero la del control de seguridad hay que pasarla sin acceso especial. Así que para cuando llegamos adentro yo ya estaba cansada y enfadada por lo que me pareció una tomadura de pelo; por suerte la tarjeta, aparte de la entrada sin colas en algunos recintos, sale más barata que comprar los tiques de forma individual.

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El Palacio de Versalles

Por fin ya dentro del palacio propiamente dicho, y con la audioguía gratuita que proporcionan en la entrada, una sucesión de estancias a cual más lujosa que no pueden dejar indiferente a nadie. Para empezar, una capilla que se parece más a una catedral que a un oratorio privado.

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Capilla Real

Y seguidamente salas, salitas, salones, y un largo etcétera de habitaciones de las que, por más que lo intenté, no conseguí sacar ni una solo foto decente a causa de la muchedumbre que se agolpaba a mi alrededor. He perdido la cuenta de todos los aposentos que vi (Salón de Hércules, Salón de Diana, Salón de Venus, …) hasta llegar a la famosísima Galería de los Espejos, una maravilla arquitectónica de 75 metros de longitud que apenas pude apreciar entre los cientos de personas que por allí circulaban, seguro que muchas más que invitados a las grandes recepciones del rey. Los diecisiete ventanales que dan a los jardines e iluminan el salón con luz natural se corresponden con diecisiete espejos enfrentados, que servían también para reflejar las tres mil (3.000!!) lámparas que se encendían en las grandes ocasiones. Fuera de estos acontecimientos, los reyes pasaban a diario por esta galería para acceder a sus habitaciones, es decir que era como el pasillo de cualquier casa.

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Galería de los Espejos

Detrás de la galería está el aposento del rey, modesto si se compara con las cuatro cámaras que la reina tenía para ella sola.

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Cámara de la reina

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Antecámara del gran cubierto de la reina (comedor)

(Nota: los aposentos de la reina permanecen cerrados desde el 5 de enero por obras de remodelación)

Tras este suntuoso recorrido se sale nuevamente al patio donde se puede respirar un poco de aire y liberarse de tal empacho visual. Pero todavía faltaba la planta baja, donde se encuentran los aposentos de Mesdames, o sea las hijas del rey, que vivieron a todo tren hasta que llegaron los revolucionarios. Al menos aquí no había tanta gente por lo que pudimos recorrer la estancia de forma más relajada y sin tantas apreturas.

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Cámara de Madame Victoria

Una vez finalizada la visita al palacio, que explicada no cansa tanto pero que nos llevó casi dos horas, llegó el momento de recorrer los inmensos jardines, que aunque en invierno no están en todo su esplendor, no por ello son menos admirables. Fuimos directamente hacia el dominio de Maria Antonieta, dejando para la vuelta el paseo por las fuentes y el gran canal.

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Paseo arbolado

El dominio de María Antonieta comprende el Petit Trianon y la Aldea de la Reina. El primero es un palacete con jardín en el que la mujer de Luis XVI se refugiaba de los fastos de la corte, y el segundo es un pueblo mandado construir por ella con la intención de acercarse al modo de vida campestre.

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Camino hacia el Petit Trianon

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Casa del guarda de la Aldea de la reina

Desde el palacio hasta el Petit Trianon hay aproximadamente un kilómetro y medio de suave pendiente que se recorre sin dificultad alguna, pasando al lado de grandes extensiones de verdes praderas.

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Inmenso prado

El Petit Trianon es mucho más modesto que el palacio principal, pero resulta también fastuoso.

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Sala de música

Mención aparte merecen los preciosos jardines, con canales, lagos, un templo del amor, una roca y diferentes pabellones. Lo más cercano a la vida rural que podamos imaginarnos.

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Templo del amor

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Canal

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La Roca

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Jardín

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El Petit Trianon

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Pabellón francés

Un poco más adelante se encuentra la Aldea de la Reina, que aunque es un lugar idealizado de la vida campestre, me pareció encantador y casi lo mejor de todo el recinto versallesco, en parte porque habíamos dejado atrás a toda la multitud y el paseo por este idílico entorno resultó delicioso.

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Torre de Marlborough

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Casa de la Reina

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Casa del guarda

Desde el Petit Trianon se accede directamente a su hermano mayor, el Grand Trianon, un recinto construido por Luis XIV, quien también quería huir de los fastos de la corte. Debe de ser realmente farragoso ser rey, visto que todos los monarcas se buscan un refugio para resguardarse del mundanal ruido.

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Grand Trianon

No obstante, la comodidad y el lujo acompañaban a los monarcas allá donde fueran, que alejarse del bullicio no significa renunciar a las ventajas de ser rey.

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Sala amarilla

La galería del Grand Trianon no es tan espectacular como la de los Espejos pero al menos pude contemplarla en toda su inmensidad sin agobios ni apretones.

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Galería

Sin darnos cuenta ya había pasado casi un día y faltaba poco para que el sol empezara a despedirse y también para que cerraran el recinto. Desde el Grand Trianon pasamos por los jardines principales, que desembocan en el Gran Canal, con un poco de prisa para hacer las últimas fotos antes de que oscureciera.

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Gran Canal

Lástima que en invierno no funcionan las fuentes y no pudimos disfrutar del espectáculo acuático, que habría sido la guinda a una jornada sin duda excepcional en este suntuoso recinto que explica por sí solo las causas que desembocaron en la Revolución Francesa de 1789.

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Fuente de Latone

La visita a Versalles nos consumió prácticamente un día entero y saliendo de allí agotados ya habría sido imposible realizar ninguna otra aunque aún hubiera quedado algo de luz, que no era el caso. Las dimensiones casi sobrehumanas de este recinto palaciego aconsejan tomárselo con calma y dedicarle todo el tiempo del mundo para no morir en el intento.

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Contraluz

Debo admitir no obstante que me defraudó un poco la primera parte de la visita más por las condiciones externas que por el palacio en sí mismo. Primeramente la cola que no me esperaba me fastidió buena parte de la mañana, ya que de haberlo sabido habríamos estado allí antes de que abrieran para evitar la espera de una hora de pie. Y en segundo lugar porque no me imaginaba que un día no festivo de finales de diciembre hubiera tantísima gente visitando el palacio, lo cual nos obligó a echar un vistazo demasiado superficial a su interior, sin podernos demorar el tiempo que nos hubiera apetecido al tener delante y detrás gente apretujándonos constantemente para pasar.

Tras un breve descanso en el hotel pusimos el colofón al baño de suntuosidad que nos habíamos dado cenando en uno de los lugares míticos de Paris, El Moulin de la Galette, escenario del famoso cuadro de Renoir que, aunque no se parece a su original pues nada queda del merendero de finales del siglo XIX, está ubicado junto al lugar que ocupaba éste, en el corazón de Montmartre. Un restaurante totalmente recomendable donde degustamos una deliciosa cena, no barata pero tampoco tan cara como suele ser habitual en los restaurantes parisinos.

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Moulin de la Galette

Enlaces:

Paris Museum Pass

Palacio de Versalles

Restaurante Moulin de la Galette

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Un comentario en “París – Versalles

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