Marruecos – Fez

Emplazada en el norte de Marruecos, Fez fue una importante ciudad imperial bajo la dinastía de los benimerines. De esta época de esplendor se conservan en su medina algunos edificios que han sido declarados Patrimonio de la Humanidad.

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Casi nueve mil quinientas calles, callecitas, callejones, callejuelas y todos lo sinónimos que se nos ocurran componen la medina de Fez. Es fácil deducir que orientarse en este laberinto no resulta fácil y mucho menos intentar recorrerlas todas, cosa por otra parte totalmente innecesaria bajo mi punto de vista pues sería como estar pasando siempre por el mismo sitio.

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Medina de Fez

Por suerte, el riad en el que nos alojamos estaba a cinco minutos de Bab Boujloud o Puerta Azul, es decir dentro de la medina pero de muy fácil acceso desde el primer momento y algo apartado del barullo. Además, en el hotel nos proporcionaron un plano bastante detallado que nos facilitó mucho la estancia e hizo innecesario que tuviéramos que contratar un guía que nos ayudara. En resumen, aunque parezca un milagro, salvo alguna excepción llegamos a casi todos los sitios que nos interesaban sin perdernos y sin necesidad de preguntar.

La Bab Boujloud, también conocida como Puerta Azul, formada por tres arcos de herradura y decorada con bonitos motivos árabes con predominio del color azul,  es el punto de referencia para adentrarse en el centro histórico de la ciudad, es decir el meollo de la medina. También separa esta zona, llamada Fez el-Bali, de Fez el-Jedid, el barrio en el que está el palacio real y la judería, otro laberinto tan intrincado como el del zoco.

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Bab Boujloud o Puerta Azul

Desde la puerta parten dos calles que atraviesan el zoco y sirven para no perder la orientación. Siguiendo su curso se puede llegar a todos los puntos de interés sin mayores problemas, aunque otra cuestión muy diferente es acceder a ellos puesto que madrazas y mezquitas se encuentran encajonadas entre las callecitas y encontrar la entrada puede llevarnos a dar más de una vuelta. Estas dos vías, Tala’a Kbira y Tala’a Sghira, vistas en el plano parecen bastante anchas pero una vez dentro la realidad es muy diferente: entre las tiendas que se suceden sin cesar, la gente que transita y los turistas que curiosean, la sensación de estrechez sirve de preámbulo a los callejones que forman la esencia del zoco.

La primera visita que hicimos, a poca distancia de la Puerta Azul, fue a la Madraza Bou Inania. Pese a que en el plano queda muy clara su ubicación, entre las calles principales del zoco, para encontrar la entrada tuvimos que rodear la madraza sin saber muy bien ni dónde estaba ni dónde empezaba y terminaba el edificio. Es decir, que no tenemos visión de conjunto desde el exterior porque se encuentra incrustada entre los callejones del zoco. Una ayuda para encontrarlo puede ser buscar el alminar, pero a veces estando debajo no se ve lo que es evidente.

La madraza es un edificio a medio camino entre la escuela y el templo: aquí residían los estudiantes y también hacía las funciones de mezquita. La de Bou Inania se construyó en el siglo XIV con mármol y ónice y está bellamente decorada. Las dependencias estudiantiles por un lado y la sala de oraciones por otro se distribuyen en torno a un patio con una pequeña fuente central.

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Patio de Bou Inania

La sala de oraciones, cerrada al público, se vislumbra desde el patio. El mihrab está coronado por unas vidrieras y un bonito estucado que decora también la pared medianera.

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Sala de oraciones

 

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Vidrieras y estucados

El alminar, visible desde varios puntos de la ciudad, presenta una bonita combinación  de verde y ocre siguiendo los colores de cubiertas y paredes.

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Alminar

Un edificio realmente bonito, que cuenta con todos los elementos para ser una obra maestra de la arquitectura de su época, pero que no tiene más que lo que se ve en las fotos. Se tarda más en describirlo que en verlo, por lo que en menos de media hora habíamos acabado la visita a la madraza más importante de Fez, pues descifrar la caligrafía cursiva que adorna toda la parte central de la pared seguramente la habría alargado pero no entraba dentro de nuestros planes de esa mañana.

Siguiendo por Tala’a Sghira íbamos de cabeza al Fondac el-Nejjarine, pero el zoco de Fez es muy caprichoso y despistarse un momento significa acabar donde no se había previsto. Nos encontramos de esta forma frente a la entrada del mausoleo de Mulay Idriss II, uno más de los numerosos lugares sagrados al que los no musulmanes no tenemos acceso. Un vistazo y una foto desde la calle nos dan una idea del suntuoso interior.

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Mausoleo de Mulay Idriss II

Tuvimos que volver sobre nuestros pasos para encontrar el Fondac, un antiguo caravasar del siglo XVIII en donde se hospedaban los comerciantes que llegaban de tierras lejanas con sus artículos de lujo.

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Fondac el-Nejjarine

Un edificio Patrimonio de la Humanidad original y  precioso. A simple vista parece un reflejo gracias a su simetría.

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Fondac el-Nejjarine

Desde la azotea del Fondac se tienen unas agradables vistas de los tejados que conforman el laberíntico zoco y  parte de la muralla que rodea la medina. Este paisaje urbano no es que se pueda calificar de bonito pero es una perfecta muestra de la ciudad, donde las antenas parabólicas se cuentan por miles.

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Tejados del zoco

Lo que sí me pareció muy bonito fue el Fondac, pero estábamos como en la   madraza, en media hora habíamos concluido la visita, y eso que hasta echamos un vistazo al Museo de la Madera que se reparte entre sus tres plantas.

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Fondac el-Nejjarine

Lo suyo tras el Fondac habría sido entrar en la Madraza el-Attarine, que en teoría se encuentra en la misma dirección que estábamos siguiendo, callejón arriba callejón abajo. Pero el zoco quiso que también esto nos lo saltáramos sin darnos cuenta, y eso que pasamos por la Mezquita Karaouiyine, adosada a la madraza. Otra foto desde el exterior de este lugar sagrado prohibido a los no musulmanes, en el que se vislumbra el patio con su fuente de abluciones de este inmenso complejo arquitectónico.

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Patio de la mezquita Karaouiyine

En este punto estábamos más cerca del barrio de los curtidores que de la madraza, así que aprovechamos para buscar el acceso a alguna de las terrazas que dan al patio interior donde se sitúan las cubas con sus pigmentos de diferentes colores. Antes del viaje había leído que la curtiduría más importante (Chouwara) estaba en obras, pero en el riad nos aseguraron que ya habían terminado. Esto es totalmente cierto, obreros trabajando ni uno, pero las cubas todavía estaban vacías y la gracia del sitio lo mismo.

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Curtiduría vacía

Para subir hasta aquí sí que precisamos de la colaboración de un espontáneo que nos salió al paso (de los muchos que nos ofrecieron su ayuda a lo largo de esa mañana), pues por nosotros mismos no habríamos sido capaces de encontrar la entrada ya que no teníamos ni idea de por dónde pasar. Nos metió en una tienda y subimos hasta la azotea, donde otro paisano nos informó de todo el proceso al que se someten las pieles hasta llegar a ser un artículo de consumo. Por suerte, en un lado sí que había algunas cubas llenas, pero comparadas con lo que debe ser la otra parte cuando está a pleno rendimiento, la visita quedó algo pobre.

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Cubas de la curtiduría

Desconozco si existen otras terrazas desde las que contemplar este tradicional y laborioso proceso del curtido de pieles, a mí en ese momento no me lo pareció pero tampoco puedo asegurarlo ya que en este caso aceptar la ayuda significó seguir al lugareño sin obtener respuesta alguna pues su máximo interés era que pasáramos por esa tienda en concreto. Huelga decir que al bajar insistieron hasta el aburrimiento para que compráramos algo pero como no llevábamos ni veinticuatro horas en Marruecos nos pareció que todavía era demasiado pronto para empezar a gastar y declinamos la amable invitación.

Tras salir del barrio de los curtidores por nuestro propio pie llegamos sin vacilar hasta la Madraza el-Attarine, cuya entrada nos había pasado desapercibida un rato antes. Otra maravilla de la arquitectura árabe del siglo XVI, como su hermana Bou Inania y con la que guarda un parecido que nada tiene de asombroso: misma época, misma dinastía en el poder y misma función educativo-religiosa.

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Madraza el-Attarine

Más pequeña que Bou Inania pero con una ornamentación preciosa y digna de un lugar sagrado. Paciencia infinita se necesita para elaborar estas filigranas estucadas que decoran todo el recinto.

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Madraza el-Attarine

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Estucados

Finalizadas las visitas previstas, era el momento de zambullirnos en el zoco sin rumbo y sin destino, simplemente dejándonos llevar. En nuestro deambular nos abordó otro espontáneo ofreciéndonos acompañarnos hasta otra curtiduría. Aceptamos y tras dar no sé cuántas vueltas por los callejones nos dejó en otra tienda desde cuya terraza pudimos observar el arduo trabajo de los curtidores.

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Curtiduría

Más pequeña que la de Chouwara, al menos en ésta todas las cubas estaban llenas de los pigmentos que dan tanto color a este singular espacio. Aunque pudimos volver solos al punto de inicio, soy incapaz de precisar dónde se encuentra esta curtiduría; el alminar de la Mezquita Karaouiyine que  sale en la foto no creo que pueda servir de punto de referencia pues seguro que se ve desde diferentes puntos de la ciudad.

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Curtiduría y alminar

Era ya la hora de comer e hicimos una parada técnica con esta finalidad. Alrededor de la Puerta Azul si algo hay son restaurantes y bares donde reponer energías. Una terracita justo a su lado nos sirvió para ello y también para observar el trajín del zoco.

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Junto a la Puerta Azul

En sólo una mañana habíamos acabado de visitar los puntos más interesantes de la medina y seguir dando vueltas sin ton ni son por el zoco no era un plan que nos resultara demasiado atractivo, por lo que la tarde la dedicamos a la zona de Fez el-Jedid, al otro lado de la Puerta Azul. Un paseo bajo un radiante sol, en algunos tramos junto a la muralla, y llegamos hasta la puerta del Palacio Real, cerrado al público.

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Murallas de Fez

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Palacio Real

Lo siguiente era meterse en el mellah o barrio judío, y atravesamos su calle principal, otro zoco lleno a rebosar de tiendas de todo tipo. A mí me pareció más de lo mismo si bien reconozco que no tan turístico como el de la medina, porque se notaba que estaba más enfocado al comercio local.

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Judería

La intención era llegar hasta el corazón de la judería, que cuenta con una sinagoga y un cementerio, pero me pareció muy arduo encontrarlos sin la colaboración de alguno de los paisanos que se nos adosaban ansiosos por ganarse una propina, y como ya empezaba a estar cansada de tener que ir rechazando a cada paso tantos amables ofrecimientos, salimos de la zona y volvimos hacia la medina. No sé si nos perdimos algo extraordinario pero a tenor de lo que habíamos visto por la mañana juraría que no.

Una hora un poco tonta, sin nada más que hacer y demasiado pronto para cenar, nos invitaba a ver pasar el tiempo tomando un delicioso té con menta en una esquina de Tala’a Sghira mientras observábamos atentamente el quehacer de un anciano vendedor de pasteles.

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Pastelería

Concluyó así la primera jornada en Fez con todo el trabajo ya realizado. Nos quedaba por llenar el siguiente día, pues la idea era pasarlo en esta ciudad y coger de madrugada un tren que nos llevara hasta Marrakech. De esta forma, sin un plan predefinido, nos levantamos por la mañana y volvimos a adentrarnos en el zoco para seguir viendo tienda tras tienda y decir que no a todos los tenderos que nos ofrecían sus productos. Agobiada y cansada de dar vueltas sin sentido en este mercado gigante por el que ya habíamos pasado no sé cuántas veces, decidimos ir hacia las tumbas benimerines, unas ruinas situadas en una colina desde la que al parecer se puede ver toda la ciudad. Cogimos la avenida que conduce hasta allí y, pese a lo temprano de la hora, la soledad, el aislamiento y la mala fama del lugar nos disuadieron de llegar hasta arriba, por lo que dimos media vuelta antes de alcanzar la cumbre.

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Murallas de Fez

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Murallas de Fez

Era medio día, no teníamos nada más que hacer salvo seguir paseando por la medina hasta que llegara la madrugada y, para empeorar la situación, habíamos dejado ya nuestra habitación, por lo que ni un lugar para descansar nos esperaba. Ante esta divertida perspectiva, decidimos contactar con el riad de Marrakech para preguntar si podíamos adelantar nuestra llegada y de esta forma poder coger el tren de las dos de la tarde sin esperar a que llegara la noche.

Si la memoria no me falla, es la primera vez en todos los viajes realizados que decidimos irnos de un lugar antes de lo previsto. Por regla general, suele faltarnos tiempo para hacer todo lo que queremos, pero en el caso de Fez no pudimos llenar más que un día: otro más habría supuesto repetir hasta el cansancio las vueltas por la medina y por el zoco hasta aprendernos de memoria el nombre de las callejuelas y la distribución de los diferentes gremios de comerciantes. Como no era esa la finalidad, y pudiendo arreglar sin problemas el alojamiento, pusimos punto final a nuestra estancia en Fez y nos dirigimos hacia Marrakech, a donde llegamos tras pasar más de ocho horas en un tren.

Soy consciente de la fascinación que sienten otros viajeros por esta ciudad pero a mí personalmente no me atrajo en absoluto. Las visitas me gustaron pero pecaron de ser demasiado cortas y, por tanto, nos ocuparon muy poco tiempo. Por otro lado, la medina es una sucesión de callejones idénticos unos a otros y el zoco no pasa de ser el paraíso del comprador compulsivo. Quizás nos dejamos algo muy importante que ni estaba en la guía ni nos comentaron las personas del riad cuando nos indicaron los puntos más importantes a visitar, pero me cuesta creer que se pueda cometer semejante olvido.

Me imagino que lo realmente atractivo, en ciudades como ésta, es sentarse a tomar un té con menta en una terraza y dejar transcurrir el tiempo mientras se es espectador del trajín del zoco. Otra posibilidad es pararse en todas las tiendas, preguntar precios, regatear, hacer las pertinentes comparaciones y, al final, comprar un imán para la nevera. La oferta en este sentido es múltiple, variada y no tiene fin, pudiendo emplear en ello hasta una semana. Por desgracia, no es esto lo que busco cuando salgo de casa y, en consecuencia, Fez me supo a poco como ciudad. Un rato de relax frente a un té no le desagrada a nadie, y curiosear en alguna tienda tampoco, pero a mi modo de ver con esto no se llena un viaje.

Mención aparte merecen los riads, antiguas casas reconvertidas en pequeños hoteles que poseen un encanto especial. El que nos sirvió de alojamiento durante dos noches era precioso, bien situado y con un personal muy atento. Su patio central habla por sí mismo.

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Patio del riad

Enlaces:

Riad Dar Skalli

Mapa de Fez

 

 

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6 comentarios en “Marruecos – Fez

  1. Vaya, con los buenos recuerdos que me ha traido tu post y llego al final y leo que no te acabó de llenar Fez :(. A mi la verdad es que me encantó. Reconozco que no tiene “mucho” para ver, pero ese pasear lento, un té en una terraza, las callejuelas… me encantó. Y el hacer todas las visitas con un guía que te cuenta la historia también tuvo que ver, claro está.

    Aun así, un placer leerte, como siempre 😀

    Un abrazo!

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    • Bueno, ya ves, yo también he estado en destinos que no me han gustado….y la gente cuenta maravillas de ellos. Para gustos los colores.

      He visto que has cambiado el nombre al blog! Me gusta el nuevo, aunque el viejo también me gustaba 🙂

      Un abrazo!

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      • Hola guapa, el anterior nombre no acababa de convencerme, éste me parece más chulo!!

        Supongo que todos alguna vez nos encontramos con destinos que no nos acaban de llenar pese a su fama, o también al revés, lugares poco recomendados pueden ser fascinantes para alguien, la cuestión primordial para mí es ir y comprobarlo por uno mismo.

        Un abrazo!

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