Noruega – Floro

Floro es una pequeña ciudad situada en el extremo de una lengua de tierra que se adentra entre los fiordos Reksta y Helle.

Globo amarillo: Lote / globo verde: Anda / globo granate: Floro / globo lila: Gaularfjell / globo azul: Flatheim

Como el anterior, éste fue un día sin ningún plan por delante, no por falta de ganas sino por falta de información disponible. Lo único seguro es que teníamos que llegar a dormir a Flatheim, pero hasta ese momento no había nada previsto y después de coger el ferry entre Lote y Anda (12,5 euros) llegó el momento de decidir hacia dónde tirar. Como parecía que la ruta hasta el hotel de esa noche eran más fiordos, lagos y cascadas siguiendo la línea de los últimos días pensamos salirnos de este esquema que ya empezaba a ser repetitivo y llegar hasta la ciudad de Floro, sin saber exactamente qué íbamos a encontrarnos allí. Por tanto, pusimos rumbo hacia el oeste atravesando un paisaje que ni la lluvia que seguía cayendo sin interrupción desde la noche anterior conseguía afear.

De camino a Floro

De camino a Floro

Un montón de kilómetros después llegamos a Floro, una ciudad pequeña y agradable de la que no sabíamos nada aparte de su situación entre dos fiordos, el Reksta y el Helle, así como que su principal motor económico tras la pesca es la extracción de petróleo, escasas informaciones sacadas de una guía, la Anaya Touring, que mejor no hubiera comprado porque no sirvió para nada, ni en esta zona ni en ninguna otra del país. En la oficina turística no proporcionaron un plano de la ciudad en el que vimos una posible ruta que llevaba por la colina Storeasen. Antes de ir a buscarla nos dispusimos a callejear por el centro urbano donde vimos un par de restaurantes que no tenían mala pinta. Después de tantos días a base de pizzas, fish and chips cuando no simplemente galletas y patatas fritas nos apetecía comer algo bueno aunque nos costara un dineral y a partir de ese momento estuvimos más pendientes de la comida que de la ciudad y dejamos el paseo por el boque para más tarde. No obstante, también intentamos visitar su iglesia, pero una boda que se estaba celebrando nos lo impidió.

Iglesia de Floro

Chafardeamos un rato en la puerta de la iglesia y siendo la hora de comer decidimos liarnos la manta a la cabeza y probar uno de los restaurantes. Como sospechábamos, no fue barato (60 euros) pero comimos un bacalao exquisito y difícil de olvidar, máxime teniendo en cuenta que la gastronomía no es algo por lo que Noruega sea reconocida en el mundo. Lamento no recordar el nombre del restaurante, sólo sé que miraba al puerto y tenia una terraza exterior pero como el tiempo no era propicio para estar al aire libre preferimos quedarnos dentro.

El puerto de Floro

Para bajar tan suculenta comida fuimos hacia un bosque situado en una pequeña colina para ver la ciudad desde las alturas ya que por suerte la lluvia nos estaba dando una tregua durante ese rato. En el camino encontramos unas simpáticas cabras que ocupaban un recinto vallado en donde todo paseante se paraba para acariciarlas y darles de comer. La tentación era demasiado grande y no pude resistirme a hacer lo mismo.

Cabrita

Otra cabrita

Seguimos sendero arriba por un bonito camino y al cabo de pocos minutos llegamos al mirador llamado Storeasen, desde donde pudimos contemplar una panorámica  de Floro.

Bosque de la colina Storeasen

Vistas de Floro

De bajada me despedí de las cabritas no sin algo de pena.

En el árbol

Adiós

Una vez acabado este corto pero bonito paseo era hora de dirigirnos hacia el hotel en Flatheim con parada prevista en el mirador de Gaularfjell pero no encontramos el desvío que sube hasta él, si es que realmente existe esta plataforma de cristal pues a la vuelta he buscado más información y sólo he encontrado noticias antiguas sobre su construcción. Igualmente era poco probable que decidiéramos llegar hasta arriba porque hacía rato que había empezado a diluviar otra vez y entre nubes y agua era imposible ver nada, así que a media tarde llegamos al hotel de Flatheim, un hotelito rural a pie de carretera y en medio de la nada más absoluta. Nos acomodamos en una antigua casa de madera con techo de hierbas que era como sacada de un cuento. La habitación era inmensa y estaba decorada como si allí viviera Heidi, es decir que más bucólico y campestre imposible. La única pega es que el baño estaba en otro edificio y aunque era para nosotros solos el tener que vestirse y calzarse cada vez que había que ir acabó siendo un engorro.

El hotel de Flatheim

Entre el aislamiento y la que estaba cayendo no era nada apetecible ni volver a coger el coche para llegar a la ciudad más cercana sin tener muy claro qué nos encontraríamos por allí ni salir a dar un paseo por los alrededores, que tenían realmente muy buena pinta. Aprovechamos la amabilidad del dueño para preguntarle el motivo por el que la inmensa mayoría de casas que habíamos ido viendo tenían el techo lleno de hierbas y nos explicó que era el sistema tradicional para aislarlo de la lluvia, ya que al ser de madera el agua podía filtrarse y acababa pudriéndolo. Bien pensado es lógico, lo sorprendente es comprobar que este método natural y ancestral sigue utilizándose en buena parte de casas noruegas.

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2 comentarios en “Noruega – Floro

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