Tanzania – Serengeti (y III)

Aproximadamente unos ciento veinte kilómetros llenos de vida salvaje separan la zona de Seronera, en el P.N. Serengeti, del Área de Conservación del Ngorongoro.

Después de tres noches en el campamento de Seronera abandonábamos ya esta zona y con ella el P.N. Serengeti para dirigirnos hacia el Área de Conservación del Ngorongoro, donde dormiríamos para visitarlo al día siguiente.

Globo granate: Seronera / globo amarillo: Ndutu / globo azul: Ngorongoro

Otro espectacular amanecer nos aguardaba con el cielo adornado por los globos que a esas tempranas horas dan su caro paseo aéreo por Seronera.

Antes de llegar al destino final la jornada estuvo, como ya era habitual, llena de bonitos encuentros, como por ejemplo el de un solitario elefante al poco de iniciar nuestro camino.

Una familia de leones de varias edades con algún achuchable pequeñín se estaba levantando en ese momento. Seguramente irían en busca de algo para desayunar, y buena falta les hacía porque se les veía bastante flacuchos. No llegamos a saber si consiguieron llevarse algo a la boca, pero desde luego ellos estaban para comérselos a todos, incluida la leona del collar de seguimiento, el sistema para protegerlos controlando sus movimientos.

Unos cuantos kilómetros más adelante otra manada de leones, mucho más numerosa que la anterior y con macho incluido, pasaron por nuestro lado para instalarse en la cima de un kopje, una perfecta atalaya que usan para descansar y, al mismo tiempo, otear el horizonte en busca de alguna víctima, aunque con la barriga que llevaban me inclino más a pensar que aprovecharon el lugar para echarse una buena siesta matutina. Asistimos a toda la subida hasta que finalmente se acomodaron en lo alto.

Hicimos una breve parada en un kopje habitado por humanos en el que había una cafetería y una tienda de recuerdos donde, por supuesto, aprovechamos para fotografiar a todo bicho viviente y también contemplar el maravilloso panorama a nuestros pies.

En marcha nuevamente el coche se detuvo en medio de la pista sin aparentemente nada alrededor. Finalmente gracias a la aguda vista del guía vislumbramos un puntito beige que poco a poco fue tomando la forma de un precioso guepardo. Parecía que estaba lejísimos pero en pocos minutos pasó por entre los coches, se paró a beber de los charcos y siguió su camino como si nada. Quiso la suerte que se dirigiera hacia nosotros, en caso de que hubiera decidido desviarse nos habríamos quedado con las ganas de ver esta preciosidad y su barriguita llena de nuevas vidas.

La ruta hacia Ngorongoro nos estaba llevando nuevamente por Ndutu, por donde ya habíamos pasado tres días antes al hacer el camino inverso. Aquí volvieron a aparecer los herbívoros que habíamos echado de menos en Seronera. Ñus, cebras, jirafas, gacelas y hasta una liebre que iba perdidísima y no sabía dónde esconderse se nos fueron cruzando por el camino durante todo el día.

Dos guepardos tumbados a la sombra parecían estar vigilando por un momento a los ñus que en su largo camino migratorio pasaban a pocos metros de allí, pero seguramente no debían de tener mucha hambre porque siguieron descansando tan ricamente.

Casi me echo a llorar cuando vimos a un bebé gacela solito en medio de la sabana. A diferencia de los ñus y otros animales, que a los diez minutos de nacer ya están listos para correr, las gacelas de Grant todavía no están preparadas para enfrentarse al mundo y por eso dejan a sus crías durante una semana medio escondidas para protegerlas de los depredadores. Se quedan quietecitas durante todos esos días mientras su madre acude regularmente para darles de mamar. Sus posibilidades de sobrevivir dependen muchas veces de la buena o mala suerte, si pasa un león por allí o un coche no se da cuenta de su presencia adiós muy buenas. El sistema es efectivo porque si algo vimos por miles fueron gacelas de Grant, lo que significa que un buen porcentaje supera esta fase, pero ver a ese bebé tan indefenso y solo conmueve a cualquiera y es inevitable tener el impulso de bajar del coche para salvarlo de los peligros que lo acechan. Espero que esta criaturita tan tierna esté ahora mismo correteando por la sabana africana.

En teoría íbamos a llegar al lodge antes de que anocheciera pero el clásico reventón nos obligó a bajar para cambiar la rueda y nos entretuvo un buen rato. Para evitar realizar la operación en medio de la sabana con el peligro que ello conlleva el guía condujo con la rueda pinchada hasta las afueras de un poblado masai. A los pocos segundos ya estábamos rodeados de niños pidiendo dinero a cambio de una foto. Aunque pueden dar mucha pena no hay que caer en la trampa porque eso tiene consecuencias nefastas para ellos ya que se acostumbran a vivir de la limosna del turista. Pasamos un rato bastante incómodo, como no aceptan un no por respuesta siguen insistiendo hasta el agotamiento y uno se encuentra luchando contra el impulso de ayudarles dándoles algo y al mismo tiempo sintiéndose fatal por no hacerlo. Al final sólo fotografié a dos burritos que se habían quedado momentáneamente solos.

Volvimos a ponernos en marcha contentos porque el percance había sido mínimo, casi diría que hasta normal en un safari, y no nos hizo perder demasiado tiempo. Por el camino hacia el lodge vimos unos paisajes dignos de servir como fondo de pantalla.

No nos separaban demasiados kilómetros del destino final y como aún era de día parecía que conseguiríamos llegar a tiempo para descansar antes de la cena. La sorpresa vino cuando en el lodge reservado nos dijeron, tras descargar las maletas y hacernos rellenar el formulario, que no tenían suficientes habitaciones. Suena un poco increíble pero así fue, de manera que tuvimos que volver a cargar los bártulos y volver también sobre nuestros pasos porque el otro lodge disponible estaba en la dirección de la que veníamos. Tuvimos que circular durante casi una hora más, el último rato siendo noche cerrada (lo cual está prohibido) por lo que la idea de refrescarnos y descansar un poco antes de la cena se fue al traste. El hotel en cuestión era como un sueño de lujoso y bonito y además estaba situado en la cima del cráter del Ngorongoro, por lo que las vistas eran espectaculares, lástima que no pudimos verlas porque llegamos de noche y nos fuimos al día siguiente cuando apenas empezaba a amanecer.

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5 comentarios en “Tanzania – Serengeti (y III)

  1. Fantásticas fotos compañera 😀 preciosos los globos, los paisajes y los gatos 🙂 ¡¡ay esos achuchables minileones y esos “guepardis” !!! . Fotografiar fauna sé que tiene su aquel 😉 no es fácil… ; que si están a veces lejos, a veces demasiado cerca, ahora el bicho se mueve, …ahora se va y no pasa por tu lado… o quizás sí pasa pero se acaba la memoria de la cámara o la batería… 😀 jeje y encima todo aderezado por todas las ramitas, matojos, briznas y “pitijopus” 😀 …Peeeero sarna con gusto no pica 😉 , entra dentro del juego del safari …y cuando salen las fotos 😉 salen preciosas y son un recuerdo muy único.
    Mil gracias por compartir linda Gladys 🙂 Buen finde!! Un abrazo!!

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    • Cuánta razón tienes, lo has descrito muy bien, la fotografía de fauna es de lo más complicado que me he encontrado pero para mí son la esencia del safari, por suerte pudimos entretuvirnos todo lo que quisimos y más hasta conseguir unas fotos razonablemente buenas, o al menos salvables.
      Un abrazo y gracias por pasarte por aquí, buen finde!!

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  2. Café mañanero con unas imágenes preciosas. ¡Enhorabuena por saber captar tan bien esas esencias de vida! Parece que posan para ti, pero estoy segura de que lleva detrás mucha paciencia y saber hacer.

    Gracias por compartir. ¡Feliz domingo!

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  3. Pingback: Tanzania – Ngorongoro | postalesdelmundo

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